Hola, me llamo Pablo Iglesias y soy un bolchevique

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Hola Pablo, ¿cómo estás? No es que te desee el mal ni nada por el estilo, yo no le deseo el mal a nadie, salvo a toda la humanidad en su conjunto. Bueno, eso tampoco. Yo soy buena persona, pero me remito a lo que la gente dice, y por aquí la gente te llama #BOLCHEVIQUE, te asocia con #VENEZUELA (y por razones guays, no por cosas como el ron o los pibones) y se te acusa de #POPULISTA. Qué raro, no. ¿Yo, populista? Dirás, con gesto serio y con la cara de no haber roto un plato.

Si lo dice la gente, por algo será. A lo mejor es que el bueno de Koba (o Stalin, como le gustaba que le llamasen) siempre te pareció un ejemplo a imitar, un prohombre, el culmen de la iluminación humana. #LASOLUCIÓN ¿no?. No es que el comunismo no esté de moda, es que huele a chotuno, a caldofrán, así como a requemado. Si todavía propusieras algo nuevo, igual te salía algo por ahí, pero es lo mismo de siempre, una y otra vez. A algunas de nosotros, esta historia cíclica ya nos marea. Unos con coleta, otros con bigote e ínfulas absolutistas, y algún “retarded” tragándose la barba al hablar —fin de la cita—, al final a todos se os ve el plumero.

Aunque no todo es malo, seamos honestos, también hay mucho sobre #ELCAMBIO y que quizá seas esa #LASOLUCIÓN, aunque dé un poco de miedo. ¿Y si lo eres? Si lo eres, puede que sepas arreglar todo este desaguisado, pero ¿dónde coño te habías metido? Digo, que por aquí se te ve el plumero, pero lo que no se te ha visto ha visto el jepeto en varias semanas después de las elecciones (¿cuáles? No lo sé, ya son tantas elecciones que me hundo en los cálculos diferenciales). Dicen por ahí que andabas deprimido, tristón, introspectivo, reflexionando sobre tu futuro. Qué blandos sois los políticos y los futbolistas, os tocan un poco y, hala, al suelo a llorar. Y el resto, todos nosotros, mientras tanto, levantándonos cada día, aguantando jefes y jefas, soportando malos modos y peores salarios. ¿Y lloramos? ¿Y nos damos el lujo de escondernos en casa y echarle la culpa a la casta que nos oprime? Pues no, no tenemos la suerte de haber llegado al sueño del español medio: cobrar por no hacer nada.

No estés triste, Pablo, si lo único que te pasa es que eres un poco especial, nada más, como todos los elegidos e iluminados. Que, como le pasa a los homólogos de otros partidos, tampoco estás muy acostumbrado al trabajo y a las críticas. Se entiende, se entiende, te metiste en política para algo, ¿no? No es para preocuparse, en serio, cuánto menos des, cuánto menos demuestres, más cerca estarás de la Moncloa, si está cantado. Y, fíjate, si llegaras a convertirte en el lastre final, en el verdadero peso muerto, el Moby Dick del sinsentido, igual hasta podrías llegar a la Zarzuela… (“Uy lo que me ha dicho”).

Eso sí, en lo de currar poco, a pesar de tu naturaleza blandita, lo tienes difícil, que menuda competencia: entre el loco de las citas, el hombre sin rostro (ni voz, ni personalidad, ni sentido, ni ná de ná) y tú podríais montar una troupe de teatro del absurdo. Al menos, así, Pablito, hijo, no tendrías que frustrarte tanto y recluirte en casa a escuchar al José Luis Perales ese que escucháis ahora los modernos, como tú.


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